martes, 15 de enero de 2013
Primera parte
Nadie sabe dónde, nadie sabe cuándo ocurrió el relato que describiré a continuación. Cuándo el hombre ya había cortado la hiedra enredad en sus pies, existió en algún lugar entre la maleza de cualquier bosque que podáis imaginar una madriguera inadvertida para el ojo humano, cubierta por una corona de malas hierbas como súbditas que la proclamaban la Reina Olvidada. Su diámetro no era lo que digamos pequeño; una zorra despistada, un osezno juguetón y hasta un lobito encantador podían ser el humilde banquete de este lunar de la tripa del bosque. Quien lo advertía y rodeaba, aseguraba como quedaba hipnotizado por la perfección circular de la muesca y contemplaba borbotear la lava azabache de este cráter sin fondo que absorbía la luz. Las voces del bosque rebotaron en todos los lechos y esquinas y convergieron en las distintas especulaciones de una leyenda entorno al contorno de este pozo negro. Las criaturas juraban haber visto como un demonio había violado a la tierra y su engendro dejó aquella cicatriz como prueba de su existencia. Por su parte, los espíritus aplaudían la idea de que un Antiguo venido de los cielos había escarbado en la corteza esta forma para poder descansar en las catacumbas hasta el día del juicio final. Los animales, más campechanos, opinaban que era mejor no acercarse porque no fuera a ser que en caso de que una serpe tremebunda y traicionera ocupara su interior fuese lo suficientemente grande como para que nunca tuviese su apetito saciado debido al tamaño de su estómago. Por desgracia, para los hombres, cerrados de mente y carentes de instintos, tales rumores no llegaron a sus oídos al olvidar el lenguaje de la naturaleza. Esta es la historia de un hombre que cayó en el abismo y trepó por las ramas de su ser para aprender, demasiado tarde, el secreto de aquel remoto paraje.
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