lunes, 4 de marzo de 2013

Invencible

El martes no había café hecho
y el viernes colgué la colada en el tendal.
Ese día lo pasé entero en la calle
todo por un "hola, ¿qué tal?"

Nadando hacia alguna parte
a cuestas con mi tridente.
Las mareas negras del norte
saben a páramo ardiente.

Una persona, un gesto,
un susurro inapreciable,
silenció a toda la gente
tragándose las ciudades,
los polos, los mares,
los bosques y los montes,
los huesos, las carnes y las pieles,
a los seres invencibles.

¿Cuántos segundos hacen falta para rellenar el reloj?
He contado más de sesenta,
sesenta y uno, sesenta y dos...
juraría que ciento cincuenta.

Y ahora uno más.

Porque acaba de explotar un coche en el portal
y en la cuerda flamea tu camiseta como la bandera avernal,
mientras llueven trocitos de papel blancos y rojos,
cabellos celestes y mofletes meteoros.

Necesito café para poderme levantar,
de no ser así este fuego jamas se extinguirá
y así de ceniciento el edificio ocurrirá.
Caerá él conmigo, no lo entiendas mal.

De repente truena el silencio, es tu mirada desde el cielo.
No se oyen explosiones de motores ni crujirse los cimientos.
Resurgen de sus tumbas millones de recuerdos,
sonrisas y lágrimas, océano de peces muertos.

Glub glub, tranquilo:
el agua está subiendo.
Glub glub, duerme:
el candelabro se está ahogando.
Tic tac, llora:
yacen todos flotando.
Tic tac, ven:
Desaparece entre mis manos.

Invencible, me mirabas;
invencible, me escuchabas;
invencible, me besabas;
invencible... ya no estás.

Las olas y el eterno viene y va.