viernes, 12 de abril de 2013

Siento las manos de miles trepando por mi garganta, sacudiendo hasta el ultimo tramo de mis entrañas. Nace una flor en mi inesperada, brota del bruno rezumo horas de vida irisada que como una bestia devasta el fuego y las ahoga en llamas. Si supiera hablar como mis ancestros, habría tiempo -es lo que busco- para extinguir este incendio que construyen en mitad de mi edén hordas de esqueletos y levantan humaredas hacia el cielo. "¡Clama infierno!" castañean filas de oscuro tuétano. No soy mas que piel, carne y hueso, una marioneta que desde su nuca puede ver a una persona extraña, desconocida para sí misma y reclama que no hay en la Tierra para él consuelo más que el de una vida calma y cálida. "¡Una vida de mentiras!", se levanta un espectro envuelto en túnicas de sangre y negro. "El tiempo soy, recolector de tus lamentos y dispongo en ti cura de esos mudos pensamientos. Guardo la panacea humana en el interior de mi pecho. ¡Tómala si te atreves, usa mi guadaña y sega esos amargos sentimientos! ¡figura de barro, tiesto que hospeda al infinito jardín en un ridículo recoveco, he te ahí sin miedo!". Mi cuerpo alzo sus manos y entre filas de costillas se zambullía en la luz que deshacía mis dedos. Aquella imagen macabra reconfortaba mi alma, en mi cabeza crecía la flora y mis piernas eran gruesas raíces que en el piso arraigaban. Crecían por doquier pequeños ramos de cerezos, hojas de todos los colores a una con el concierto del vendaval que allí soplaba, un concierto de foresta, un deshumanizado cimiento. Me dispuse a crecer pimpollos de almendro, bellas plantas que en primavera se nievan por el suelo et voilà, enormes parasoles rosados habían cubierto mis brazos nuevos, abejas, mariposas y otros insectos encontraron vida donde una vez no hubo más que desierto. La fuerza de la vida extasiaba, todopoderoso me nombraba de infinitos momentos, clavo ardiente del averno, Sol y no luciérnaga, abrazé titánicamente el terreno y como si de un abrazo de un niño a su madre se tratara, amor eterno por la vida y verdadero, estrujaba con fuerza y muerte a la arcilla que en mis pies se soterraba, hasta que no pudo más y zas, mi tronco caía lentamente delante de una casa incendiada a la que poco le importaba. No hay mucho más que contar, explosiones y destellos, no guardaba más que inútiles recuerdos que regurgitaban mi desprecio, y en mi último aliento, el oscuro y umbrío viento, la parca escribió con punta afilada en mis vertebras: "La muerte guarda aquí un desdichado compañero que entre atisbos de ensueño se perdió en la infame imaginación de los seres etéreos. No queda nada para él pues no repartió nada bueno, felicidad buscaba y otorgaba siniestro flagelo a aquellos que hacían sonar el reloj, merecido sea pues el suyo quieto. Vivir la vida no es cuestión de dolor, no es respuesta y nadie puede saberlo. Mártir de la búsqueda, infame cobarde del placebo, reside aquí para siempre con tu hogar de escombro, cenizas y tu cadáver de veneno."