Un trocito arrancado del cielo colisionó, un día, en mi camino hacia ninguna parte. Como en pocas ocasiones decidí meterlo en mi bolsillo, llevándolo de amuleto por si la dicha se atrevía a echarme una mano o dos. Resultó que aquella fruta caída del jardín estelar brilló un día como el Sol para convertirse en el objeto de mi fortuna; me elevó, cruzando la estratosfera, hacia el hueco que ella mismo dejó, y encajó cada una de mis extremidades con la forma que había dibujado su cuerpo en el firmamento. Y en mi purgatorio de los mundos de arriba y abajo encontré un motivo para abrir los ojos, las manos, la boca y proclamar que aún tenía demasiado sendero, y que, si tanto me costaba, sería porque mi destino me conduciría hasta las cumbres. Bien advertí a aquella pieza dorada tiznada de un brillo zafírico que no me bastaba con que me enseñase a respirar bajo tierra. Le imploré que no quería seguir solo, pero que no por ello significaba que la quisiese encadenar a mis pies. Le expliqué que llevaba mucho tiempo deseando que una luz como la suya reventase las hendiduras de las incontables puertas que cerraban mi infinito y penumbroso camino, y que yo ya no tenía nada que perder, pues no podía ofrecerle más que mi propia existencia y mi amor incondicional. Y aquella estrella de cinco puntas la recuerdo tan bien como mi cara reflejada en un espejo, pues ella siempre va delante, detrás y al lado de mi sombra.
Y desde entonces todo es miau miau miau miau miau miau miau ♥
