jueves, 31 de enero de 2013

El único sentido de la vida...

Qué necio puedo llegar a ser. En mi casa no entra el día, es una noche donde suenan, o quizá debería decir sueñan, pilotos automáticos y parpadean luces durante meses y años. Como una cueva que guarda su significado, en mi caso es un refugio que me conecta con el mundo exterior de alguna forma, una tumba con periscopio para ser exactos. No hay ruido ni silencio, pero tampoco luz ni oscuridad. No hay nada que me haga sentir el añoro de correr hacia el exterior para que el viento impacte contra mi cara. Y es que quizá, si existe algún motivo que pueda empujarme a ello, aún no lo sé, sea yo mismo. Yo, que agonizo porque enfermo con mis sueños de cristal, que vivo mis fantasías en un cubículo de mentira, que el mundo real no me importa y no puedo darle valor al madrugar del día, al cielo azul, el mismo que existirá dentro de miles de años cuando no quede nada de nosotros. Es una oda a mi propio traspiés, un baile que danza consigo mismo inútilmente con la voracidad más absoluta tiniebla de mi mente. Dónde solamente llego yo y nadie más que yo, solo yo. Soy miedo, soy mi propia muerte, aunque alguien me dice que también soy mi propia llave, la que abre la puerta hacia el mundo real. En mis ojos, entre todos esos parpadeos digitales de mis catacumbas, he visto una luz brillar detrás de ese marrón oscuro casi negro. Me mantiene vivo saber que esa voz me diga que al final no soy tan insignificante, que decida lo que decida serviré para la vida, porque soy, y seré, la tierra que sirve a las flores con sus coronas de colores, como la Luna sirve al Sol con sus vaivenes circulares aparentemente patéticos, pero en en el fondo significantes. Gemelos como la fantasía y la realidad, este teclado y mis manos, la noche y el día, la tierra y el aire, hijos y madres separados por nuestras diferencias e igual de sentimentales. Si es que solo servimos para eso... para sentir.

¿Qué me estaré perdiendo? Hoy han llamado al timbre de mi puerta y no había nadie. Quizá... debiera salir a la calle para encontrarlo. Ese instante que todo lo cambie.