martes, 4 de diciembre de 2012

A veces tenemos que demostrarnos a nosotros mismos a apreciar las maravillas que hemos creado en nuestro interior. Fortalezas babilónicas, enigmáticas pirámides, torres que surgen desde las profundidades abisales capaces de tocar el halo de luz que nos ilumina. Somos arquitectos de laberintos infinitos, somos pequeñas ratas en busca del queso dorado, un oro con un sabor tan delicioso que nos sabe mejor si lo escondemos detrás de todas esas paredes donde nos aguardan serpientes, fuego y peligros.

El meollo es que la belleza de nuestra cabeza nos ha condenado a ser tan gilipollas de no incluir una salida de emergencia. Supongo que en el fondo es la razón por la que siempre nos estamos poniendo a prueba.

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