Hay muy poca gente capaz de reconocer el principio de las cosas. Los humanos entienden el concepto de principio y fin como puntos en una linea llamada eternidad. Estos determinan un instante, una hora, un año, una vida... La gran mayoría de personas son solo capaces de entender cuando ha terminado un periodo cuando ya ha acabado, aunque todos aprendemos en algún momento a aceptar que no podemos mantener la mano levantada sin marcar ese punto y final. Sin embargo, aquellos que comprenden el significado del tiempo son capaces de percibir algo que se escapa a los sentidos y la mente, algo que se percibe con el alma y que es tan sensible que conoce su lugar en lo que ella entiende como realidad absoluta, unida a los hilos que mantienen firme el puzle por el que todos estamos conectados de alguna manera. No hay forma lógica de saber por qué algunos nacen con esta capacidad, simplemente es así. Esta es solo una historia más de como unas personas trazan su propia historia, unas personas muy especiales, como pocas hay por el planeta. En concreto, cinco es el número que se grabará en vuestras mentes cuando os acordéis de como unos simples humanos pueden escribir con pocas líneas lo que nosotros entendemos como antes, ahora y después. Todos nosotros somos conscientes de que estamos aquí, de nuestro principio pero no de nuestro fin, y estamos agradecidos de que haya aunque sea una única persona que forme parte de esta historia, que nosotros hemos querido prolongar aunque dejemos de existir.
Antes de todo, los símbolos dieron forma, concepto y base a la realidad.
Nacida de la nada, el primer alma y última comprendió la esencia del absoluto, sin tener un comienzo ni un final.
Yo acabé comprendiendo mis alrededores, mi mundo interior, el amor y el odio, la luz y la oscuridad, y vi reflejado en el agua mis dos ojos.
Santa fue la tierra que conquistamos, en la que vivimos un día de su pura naturaleza, en la que seguimos viviendo para transformar nuestras ideas en hechos, y en la que falleceremos sin la luz del Sol.
Ecos quedaron de las voces cuando no quedó nada de nuestro mundo, ni de las estrellas ni de la oscuridad en la que flotamos y a la que pertenecemos como gotas en la lluvia.
Y así fue cuando ella conoció su nombre y, acto seguido, dejó de existir. La agonía y el sentido de nuestra existencia, la mujer fatal, nuestra madre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario