A las pocas horas, yo les digo "calma". Tic-tac, el tiempo corre y yo con él, sentado y bailando la danza de la carretera. Cuánto tiempo llevan mis ojos cerrados lo desconozco, pero la sombra en mi boca se resbala a medida que la luz de la tarde va curvando las perlas en ella. El mundo se torna horizontal y simple, cómo una hoja en blanco. En su cuadratura, imagino todo lo que me espera, y me proclamo rey del mundo. Primero, la barrera que separa la tierra oscura del cielo azul se retuerce y desaparece, para que de ella nazcan todos los demás colores. Luego, las nubes dibujan nuestras caras, y de la tierra crece el verde de la vida que anhelo desde hace ya. En este mundo que he creado al otro lado de mi ventanilla, el Sol y la Luna ascienden al pico del firmamento, y se besan, y se aman, y se unen con ellos sus engendros, las estrellas y las aves. Pero el traqueteo del camino garabatea mi mente, y vuelvo hueco a pensar "¿existe realmente?", y la respuesta es "sí, lo es". El tiempo que ha pasado entre ambos ha servido para amar y amarme, y no cabe duda de que si este cuadro existe dentro de mí, existe en alguna parte. Y, por suerte, tengo el mapa, para que siempre con calma, y aún con millas de distancia, nada detenga mi rumbo hacia él.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario